ATENCIÓN URGENTE

Los síntomas del infarto silencioso y cómo evitar el fatal desenlace

Conocer los síntomas del infarto silencioso. (Foto: Envato)
Conocer los síntomas del infarto silencioso. (Foto: Envato)
Quienes lo sufren tienden a subestimar la gravedad del problema, retrasando la búsqueda de atención médica.
Las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de mortalidad en el mundo. Sin embargo, la mayoría de desenlaces fatales se podrían evitar a tiempo. En parte, es porque muchas de estas patologías no provocan síntomas en sus primeras fases, o los que causan se confunden fácilmente con problemas más leves. Este último es el caso del infarto silencioso, un ataque al corazón difícil de detectar y con un alto riesgo de muerte.

Un infarto silencioso es todo aquel (recordando que un infarto es una obstrucción del flujo de sangre al corazón que puede provocar daños en los tejidos del mismo) que no muestra los signos habituales de un evento cardíaco, como dolor o presión en el pecho, dolor en el brazo, cuello o mandíbula o falta de aire. 

En su lugar, estos accidentes cardiovasculares provocan otros síntomas como indigestión, náuseas, mialgias (dolores musculares) o malestar general, manifestaciones más comunes de otras enfermedades como gastroenteritis o gripe.

De hecho, esta es la característica que hace especialmente peligrosos este tipo de infartos: a menudo, quienes lo sufren tienden a subestimar la gravedad del problema, retrasando la búsqueda de atención médica.

Los posibles síntomas de un infarto silencioso incluyen debilidad, fatiga, agotamiento, inquietud, incomodidad, sudor, náuseas, vómitos, mareos, dolor leve en la garganta o el pecho y dolor en la espalda o los brazos.

Los expertos señalan que, si una persona tiene un estado general de salud bueno, estos síntomas tampoco deberían llevarnos a acudir al médico. Es por ello que es esencial tener en cuenta nuestro riesgo personal de problemas cardiovasculares. 

Como ocurre con el resto de patologías cardiovasculares, el riesgo aumenta en personas de edad avanzada, que sufren diabetes, que sufren sobrepeso, que tienen antecedentes personales o familiares de enfermedad cardíaca, que tienen la presión arterial alta que tienen colesterol alto o que llevan un estilo de vida sedentario.  

 

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